Una probadita de la increíble travesía deportiva y emocional de Quetzali Galindo por Perú, su "País de las Maravillas" personal.

Era domingo por la tarde, Javier y yo platicábamos mientras tomábamos un café cerca de casa, debido a que no habíamos tenido oportunidad de salir a escalar, ya que la noche anterior y sin aparente razón alguna, una de mis rodillas se inflamó a tal grado, que ni siquiera podía caminar bien. Con el ánimo un poco bajo, lo único que podía pensar era que solo se trataba de una pieza más en el rompecabezas del proceso de salud por el cual estoy atravesando.

En marzo de este año hicimos un viaje de escalada a España y desde nuestro regreso me enfrenté con una situación que me dejó nuevamente fuera del juego. Digo nuevamente, ya que el año pasado también pasé por un cuadro fuerte y largo de lesiones, el cual posiblemente solo marcaba el inicio de lo que vendría después.

¿Por qué llegó? ¿Por qué da? ¿Por qué a mí? No lo sé, pero sé que se llama “Enfermedad de Graves”, y que voy a estar bien.

Sentados en el café recibí un mensaje que cambiaría mi semblante aquel día, era una buena amiga proponiéndome viajar al Perú, en realidad era su viaje, pero por cuestiones de salud ella no podría ir. La fecha de partida era muy próxima, poco más de un mes, y aunque cada vez me sentía mejor, pensaba que sería muy triste tener la gran oportunidad y no poder ir. Sin embargo, fue mayor la emoción y la alegría, al grado que hasta la inflamación de mi rodilla comenzó a ceder.

Desde que recibí el diagnóstico me prometí que no dejaría que la mente me arrastrara y me prometí escuchar (y hacer) más que nunca lo que mi cuerpo y mi espíritu pidieran. Y en ese momento solo me decían: ¡Alégrate, porque llegó el momento de disfrutar esta nueva aventura!

Mi intuición y el médico me dieron la misma respuesta, y esa fue mi confirmación para saber que no me estaba equivocando.

A partir de ese momento comencé a destinar tiempo para investigar y empaparme sobre la escalada en Perú. Por las noches veía videos y entre uno de tantos conocí a la distancia al buen “Coco”, quien sería la persona que nos ayudaría a resolver la logística del viaje para los días de escalada. A través de las redes sociales di con él y quedé sorprendida de la empatía con la que siempre resolvió mis dudas y me dio todo tipo de tips. No solo nos ayudó a conseguir hospedaje, sino que hasta nos rentó su camioneta (quizá para que no extrañara la zona de escalada mientras él viajaba por trabajo).

Tendríamos doce días para disfrutar del mágico país de los Incas y no podíamos dejar de conocer lugares emblemáticos de esta tierra, así que hice un calendario para ir bien organizados y poder aprovechar al máximo de la escalada, sin dejar de lado la parte turística.

Sabía que no iría en la mejor forma física como para plantearme objetivos de escalada demandantes, sin embargo, lo vi como una oportunidad para aportar también algo a la zona. Solemos buscar objetivos vestidos de números y grados que alimenten al ego, pero esta vez yo no buscaba eso, sino que prefería nutrirme de la magia de aquel lugar y dejar un granito de arena para todos los escaladores.

Y AHORA SI, AQUÍ ES DONDE EMPIEZA ESTA HISTORIA

La primera parada sería en Lima, un tanto obligada ya que al día siguiente de ahí salía nuestro vuelo a Cusco. Aquí nos dimos cuenta que muchas cosas son muy parecidas a México, por ejemplo, el sentir que la gente va al volante con un gran estrés por llegar a su destino, pero a la vez con una gran destreza para evitar cualquier accidente.

En Lima apenas tuvimos tiempo para ir a cenar y probar una famosa Inka-Cola, ya que necesitábamos dormir temprano para salir por la mañana nuevamente al aeropuerto.

Yo moría de ganas por subirme a una moto-taxi clásica de Perú y así lo hicimos, curiosamente a los pocos minutos recibí un par de mensajes de una buena amiga peruana diciéndome que nos anduviéramos con cuidado en esa parte de la ciudad, ya que es un tanto peligrosa; no lo sabíamos y creo que en parte eso ayudó porque fuimos tranquilos y por un precio muy razonable, tomando en cuenta que en el aeropuerto te cobran 100 soles ($570 pesos) cuando la moto-taxi tan solo nos cobró 3 soles ($17 pesos)… ¡Vaya diferencia!

Llegamos a Cusco a medio día, fuimos a buscar nuestro AirBnB que estaba en el centro y una vez alojados salimos a conocer un poco de esta bonita ciudad. Nuestra primera comida fue un poco cara, pero deliciosa: sopa de Quinoa, papas a la Huancaína y un té de coca para mitigar los síntomas de la altura. A la mañana siguiente salíamos temprano a Machu Picchu, así que preferimos dormir a buena hora. Caímos como tablas y vaya susto que nos llevamos al amanecer, ya que en Perú el Sol sale alrededor de las 5am y por un momento pensamos que nos habíamos quedado dormidos.

Optamos por el tour bimodal, es decir, viajamos en una camioneta hasta el pueblo de Ollataytambo para después tomar el tren Incarail y llegar así hasta Pueblo Machu Picchu, también conocido como Aguas Calientes, nombre que recibe gracias a las aguas termales que hay en el pueblo.

El viaje en tren fue muy placentero, vas degustando un calientito té de coca y disfrutando del recorrido entre la naturaleza. Para mí fue una de las experiencias más relajantes. Llegando a Pueblo Machu Picchu tomamos el camión que nos llevó a la entrada de la ciudad de los Incas, donde ya nos esperaba Erick, nuestro guía y quien nos explicaría todo el recorrido de esta ciudad entre montañas.

Nos tocó un escenario realmente especial este día, nublado, con apariciones del sol por momentos, un poco de lluvia y con ella, la visita de un hermoso arcoíris que cruzaba las montañas. Al día siguiente sería el cumpleaños de Javier y lo primero que pensé al vernos en aquel lugar y bajo aquel arcoíris, era el augurio de un gran año para él.

Terminamos nuestra visita alrededor de las siete de la tarde, así que fuimos a comer, tomar un café y hacer tiempo para tomar el tren de regreso. Salimos tarde de Pueblo Machu Picchu y por tanto llegamos alrededor de la media noche al pueblo de Ollataytambo, donde nos esperaba Wilson, conductor del taxi que nos llevaría de regreso a Cusco (y quien, gracias a su estilo de conducir me pondría los pelos de punta).

Al día siguiente salimos rumbo a la zona de escalada en Pitumarca. Quedamos de vernos con Diana (pareja de “Coco”), que nos entregaría la camioneta y el taladro para poder armar la tan deseada ruta. Nos dio las recomendaciones necesarias y partimos rumbo a la aventura. Pitumarca se encuentra a dos horas de Cusco, así que llegamos a la hora de la comida, justo para hacer nuestro super, ir a dejar las cosas a la “Casa Blanca” de Lili (que sería nuestro hospedaje de campo), comer algo ligero y subir a conocer la zona e intentar escalar un par de rutitas… ¡Moríamos por tocar la roca!

En cuanto llegamos a la zona, ésta nos inundó de paz, éramos los únicos en ese momento, en medio del silencio y con las alpacas mirándonos con gran curiosidad… ¡Vaya regalo de cumpleaños que estaba teniendo Javier aquel día!

Subimos al sector “Librón, hoja 1”, para el cual caminas no más de cinco minutos y escalamos tres rutas sencillas para irnos aclimatando, ya que la zona está entre los 4,000 y los 4,300 m.s.n.m. La luz en Perú se va alrededor de las seis de la tarde en esta temporada, así que fue poquito pero bendito.

Ese mismo día aprovechamos para echar un vistazo en busca del lugar donde armaríamos la ruta y elegimos la parte alta de ese mismo sector, que se encuentra a unos 4,300 m.s.n.m., y vaya que se siente la altura, la cual te va desgastando silenciosamente. Por la noche preparamos todo lo necesario para materializar lo que sería nuestra mágica línea.

El acercamiento es  de casi una hora, por una pendiente muy empinada, en la que das un paso y sientes que retrocedes dos, todo lo contrario a cuando ves a las alpacas caminando por ahí como si flotaran con toda elegancia.

Empezamos temprano, así que nos tomamos el tiempo necesario para intentar dejar una línea bien trazada. Primero subió Javier por una ruta vecina a poner la reunión, la cual quedaría a prueba de bombas ya que la roca caliza de esta zona es fuerte y de gran calidad; montó el yoyo y probamos un poco para imaginar en donde pondríamos los anclajes.

Probar los movimientos fue complicado porque la cuerda te va jalando, pero aun así nos pudimos dar una buena idea de la secuencia, así que comenzamos a poner los bolts. Con cada uno de ellos se empezaba a ver una línea natural con un gran toque de belleza.

El resultado de aquel día fueron diez bolts más reunión, en aproximadamente unos 20 metros de placa vertical y muy técnica. Una vez armada fue más sencillo volver a probarla y limpiarla un poco, además de darnos una mejor idea de qué grado podría ser (quizá 5.12+). Son movimientos delicados que exigen mucha precisión en pies y manos, constante todo el tiempo y con un crux marcado a la mitad (y sin olvidar los 4,300 m.s.n.m.).

Ahora solo nos faltaba el nombre. De regreso a casa lo fuimos platicando y llegamos a la conclusión de que queríamos dedicarla a la memoria del buen amigo y gran montañista mexicano Daniel Araiza, así que la bautizamos como “AraiDan”, una línea que se encuentra inmersa en la altura de un lugar mágico, como aquellos que tanto le gustaban a él.

Al día siguiente quisimos conocer un nuevo sector, al fin y al cabo, tendríamos más días para subir a probar seriamente “AraiDan”, así que fuimos a conocer la “Hoja 2 del Librón”. Esta vez escalamos rutas más largas y como máximo un 5.11d, pero como dirían en Perú… ¡Pucha! con las rutas del slab, podrían ser grados no muy duros, pero todo el tiempo sientes que podrías caer del entumecimiento y cansancio acumulado en los pies.

Tienes que ir visualizando cada movimiento, por momentos subiendo mucho los pies aunque no tengas agarres evidentes, confiar en tu equilibrio y rezarle a tu santito para poder pararte hasta encontrar algo (que no precisamente será una manija), y así, pasito a pasito hasta llegar a la reunión, pedir tensión y quitarte los tenis lo antes posible por el dolor de pies.

Hicimos solo tres rutas en ese sector para después ir a conocer el “Gran Desplome”, que está en la parte de enfrente y que se veía deliciosamente soleado. Empezó a soplar el viento con tanta fuerza que deseábamos estar del otro lado lo antes posible, así que guardamos las cosas y echamos pie junto a las alpacas para ir en busca del Sol.

Caminar bajo el rayo del Sol al principio me trajo alivio, pero después de unos minutos sentí el fuerte contraste de temperatura. Llegamos al “Gran Desplome” y el Sol que antes tanto deseábamos, fue el mismo que nos hizo huir a los pocos minutos de ahí. Queríamos escalar, pero era prácticamente imposible, sentías que te tostabas. Nos dimos unos minutos para recuperarnos y bajamos sin escalar. Teníamos decidido regresar al día siguiente por la mañana y sin sol.

Llegamos a casa temprano, así que aprovechamos para ir a comer algo a la Plaza de Armas. Fue muy gracioso llegar al centro del pueblito, que por cierto aquel día estaba de fiesta, y sentir todas las miradas sobre nosotros, nuestra vestimenta y apariencia era obviamente distinta a la de los habitantes, digamos que nos veían en el más puro estilo turista (con todo y el look facha/escalador).

A la mañana siguiente nos fuimos directo al “Gran Desplome”, ahora si estaba bajo la sombra, pero esta vez soplaba mucho el viento y hacía un frío que entumecía, propio de un ambiente de media montaña. No queríamos ni empezar a escalar y ya no sabíamos si extrañábamos el Sol o si era mejor el frío.

Nos hicimos los valientes y comenzamos a escalar. Primero tres rutas con mucha variedad, un poco largas, con secciones de agarres grandes, una que otra tufa, y que terminaban con una placa delicada que te recuerda que no te quieres caer. Y al final también probamos el clásico de clásicos “Coco-Drilo”, una ruta perfectamente trazada a lo largo de una tufa desplomada, siempre buena y que te ayuda a escalar fluidamente.

Llevábamos cuatro días escalando y nuestro plan era ir el día de descanso a la “Montaña de 7 colores”, para después tener los últimos tres días de escalar ya más en forma y mejor aclimatados. Así que al día siguiente tocó descanso y un poco de turismo de altura.

Para llegar a la “Montaña de 7 colores” hay un camino que pasa justo por Pitumarca, lo cual era genial para nosotros porque ya llevábamos la mitad del recorrido ganado. El camino va por una terracería de 33 kilómetros que se disfruta mucho, vas entre pequeños pueblos, cañones, ríos, montañas, borregos y por supuesto alpacas. Conforme avanzas te sumerges en un estado de paz que no tiene precio.

Llegamos a Pampachiri, lugar donde dejas el coche para después caminar alrededor de una hora cuesta arriba. A lo lejos veíamos a toda la gente así que no fue difícil saber cuál era nuestro destino. Caminamos prácticamente solos y se nos hizo muy extraño, pero después notamos que hay otro camino por el cual llegan todos los turistas que vienen desde Cusco.

Al llegar a la cima, a poco más de 5,000 m.s.n.m., y al ver como los colores arropan a la montaña, personalmente quedé maravillada, y si a eso le sumamos que estás rodeado por montañas repletas de nieve, pues el asombro se multiplica. No cabe duda que el simple hecho de estar entre la naturaleza y viendo todas esas maravillas, te nutre el espíritu con una alegría inexplicable.

Estar arriba no tiene precio y aunque queríamos quedarnos más tiempo, hubo dos factores que no nos lo permitieron: empezó a nevar y entre tanta gente uno se llega a cansar. Es bonito ver la alegría de las personas al llegar hasta arriba, pero cuando somos tantos piensas que sería igualmente bonito darle un momento de paz a la montaña.

Empezamos a bajar entre la caída de nieve y aunque el frío no era muy notorio por la alegría y el movimiento, al llegar al coche sentí que la gripa me iba a visitar… ¡Que pena! Obviamente no me quería enfermar y menos cuando nos quedaban tres días de pura escalada. El plan de subir a probar “AraiDan” e intentar escalarla tendría que esperar.

Me dormí con la esperanza de despertar fresca como una lechuga, pero la realidad es que pasé una noche incómoda. Aun así, al día siguiente subimos a la zona muy tempranito, el clima estaba frío y con pinta de que pronto llovería. Y así fue, apenas llegamos al estacionamiento comenzaron a caer las primeras gotas.

Dentro de mí sabía que no era prudente escalar y menos con los antecedentes de mi salud, y aunque me fue difícil, le dije a Javier que yo prefería cuidarme. Contener el deseo de hacer algo, es algo que siempre me ha costado. Es difícil, pero me prometí que escucharía y haría caso a lo que el cuerpo pide.

Ese día y el siguiente me quedé en casa descansando, mientras tanto Javier aprovechó para armar una segunda ruta en el mismo sector, la cual ya no pude conocer, pero tengo claro que es tan hermosa como el nombre con el que la bautizó… “Soledad peruana”.

Podría pensar que es una tristeza el que me haya enfermado, pero sería más triste no haber seguido mi promesa, y quizá empeorar (o tardar más tiempo en recuperarme). La naturaleza siempre nos da señales y aunque muchas veces no las vemos (o no las queremos ver), esta vez sabía que la llegada del mal clima fue para decirme que no era el momento, pero que sería un perfecto pretexto para regresar algún día.

Aún quedaba el último día de escalada, pero desde la noche anterior habíamos decidido regresar antes a Cusco, sin duda fue la mejor decisión. Toda la noche estuvo lloviendo y aunque no nos percatamos de ello, el frío incrementó y esa combinación pintó de blanco las montañas al amanecer. Era la mejor vista para decir adiós a Pitumarca, así que subimos a la zona para despedirnos de aquel majestuoso lugar.

Pitumarca tiene el don de abrazarte en su tranquilidad. Quizá uno podría pensar que vivir ahí sería aburrido, pero para mí fue un lugar que me hizo conectar nuevamente conmigo misma y, sobre todo, disfrutar del silencio y la quietud. Estaba buscando un momento como ese y me alegra haber aprovechado la oportunidad que llegó de sorpresa.

Llegamos a Cusco un día antes de lo planeado, así que tendríamos dos días para disfrutar de los coloridos mercados de la ciudad, no sin antes pasar a visitar el muro de Diana y “Coco”, 7a Escuela de escalada, único en Cusco, ubicado en el Coliseo Cerrado de la Casa de la Juventud, con ambiente amiguero, y con muy buena onda.

Pasamos la tarde platicando sobre la escalada y el desarrollo de la misma en Perú. Saber todo lo que han hecho Diana y “Coco” es muy gratificante, y más cuando notas el gran compromiso que tienen, no solo con la escalada, sino con la madre naturaleza.

El último día y a pesar de la lluvia, lo dedicamos a conocer los mercados, llenos de aromas, colores y sabores andinos, todo un folklor dentro de ellos. El mal tiempo generó en Cusco tanto caos, que era fácil extrañar la paz y quietud de Pitumarca, pero no había vuelta atrás, al día siguiente volveríamos a México.

Haber viajado a Perú casi de imprevisto y con poco tiempo de planeación, me hizo ir sin expectativas, lo cual me ayudó a vivir con mayor curiosidad la experiencia y disfrutarla aun más. Ahora que conozco un poquito de este país, solo sé que me gustaría volver en algún momento, tanto para probar las rutas que equipamos, como para dejar alguna otra más.

No me queda más que agradecer a todas las personas que nos han apoyado para poder seguir realizando nuestro sueño aventurero. Gracias a la familia de Alta Vertical por estar siempre presente y por su gran amistad; gracias a la TOKA family por estar al pie del cañón y atenta a nuestro viaje; gracias a nuestras familias por apoyarnos incondicionalmente para conocer una de las maravillas del mundo; gracias Diana y “Coco” por todo el apoyo; y por supuesto, gracias querida amiga Agus, por ser parte de nuestros sueños, pero por sobre todas las cosas por tu confianza y amistad.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog Comunidad de Alta Vertical. Y puedes encontrarlo aquí.